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 El mundo del té es un mundo de encuentros que ocurren una vez en toda una vida - ichigoichie: cien años, un encuentro, dice la famosa divisa del teísmo (1) - y, por la misma razón, gracias a él cada encuentro de nuestra vida se convierte en un único encuentro. En este sentido, fue para mí una suerte que mi primera incursión real en el camino del té ocurriera a propósito de uno de esos encuentros que, a su vez, definen toda una vida. Por que existe sin lugar a dudas la magia del té, que reúne, redefine y aclara...
La primera vez que Gaspar García López me visitó en Japón, yo no le conocía más que por rumores, unas pocas cartas y vagas referencias. El venía de un viaje a Taiwan en donde había participado en un evento de artes marciales chinas y antes que a mí había conocido a mi maestro de Aikido, Eguchi Nobuaki, que visitaba por esos días en Taiwan a su maestro de Kung Fu Kodosei Roshi. Gaspar era no solo un médico y un maestro de artes marciales chinas con una experiencia de alrededor de veinticinco años, sino que era, por encima de todo, el nieto de Sesín Ibn Mansour Bittar Neyor, para sus discípulos Abenmansour, y para todos los que en Cuba le recuerdan, simplemente Gaspar Jorge García Galló, un hombre en cuyo nombre el ascendente libanés se confunde con su vocación campesina y con la proximidad de Manuel García, el llamado "rey de los campos de Cuba". Galló era un sabio popular, capaz de asombrar a cualquiera con su claridad de expresión y la originalidad de sus actos. Mi último encuentro con él fue a dos días de su muerte, junto a algún templo de Birmania, Laos o Tailandia. Yo había ido en compañía de unos amigos a presenciar no sé qué ceremonia religiosa y de pronto vi que venía hacia mí vestido de violeta con el rostro pardo rejuvenecido y sonriente, parecido al del héroe Rama. "Maestro, qué alegría verle tan vivo y joven, cuando todos le hacíamos muerto", le dije. "No, no - me rectificó - yo estoy muerto, pero dile a mi familia que estoy bien". A la mañana siguiente, desperté en Cuba, contento de haber podido hablar al menos una "segunda última vez" con mi maestro, pero no fue sino hasta varios meses después y justamente en el sudeste asiático que pude contar algo de este peculiar encuentro a su nieto Gaspar.
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Digo todo esto, porque el mundo del té puede convertirse de pronto en el centro magnético que alinea existencias dispersas de personas que fueron, son o serán, en un mundo de encuentros únicos en el que concurren no solo los vivos de hoy y mañana, sino también los muertos. Uno bebe sorbo a sorbo de tazas centenarias, de las que han bebido y beberán varias generaciones, y empieza a tratar las cosas con la misma piedad, compasión o aware con que trata a todo lo perecedero, de modo que las cosas participan también de la comunicación y su duración se vuelve directamente proporcional al grado de su impermanencia y fragilidad. Así, en la misma medida en que todo deja de ser objeto de deseo o pasión y se nulifica, perdura. Pero la magia del té se extiende sin duda mucho más allá del recinto, los utensilios y las personas que lo beben, porque el mundo del té está siempre a la espera de un nuevo huésped a que agasajar. Es como un gran espacio o campo de potencialidades siempre preparado para materializar un nuevo encuentro. Basta que se encienda el fuego y se ponga a hervir el agua, se alineen las tazas, se preparen los dulces y se limpien los instrumentos, para que aparezca de pronto como precipitado del aire el huésped por excelencia que es el inesperado. Para que el mundo del té exista, se dice, basta con que haya una humilde cazuela con agua hirviendo, porque el sentido de este camino es nai mono wo ikasu: vivificar las cosas que no existen. Cuenta una historia que en cierta ocasión tras salir invicto de un sangriento combate, el legendario samurai Miyamoto Musashi avanzaba todavía excitado, ensangrentado y sudoroso por el medio del bosque, cuando de pronto oyó una voz que venía desde una humilde pero tranquila choza y que lo convidaba a una taza de té. La frase: Ocha wo nomimasenka la había gritado el maestro Koetsu (2) desde el centro mismo de ese espacio latente de espera que, tal como lo revela la anécdota, es también un espacio de salvación. Porque una olla de agua hirviendo es como un poderoso remolino que succiona la existencia varias millas a la redonda y en el que paradójicamente se salva el que es absorvido por el torbellino. La boca de la olla abierta es la puerta hacia otra realidad que transmuta todo lo que en ella entra...
Recuerdo una ocasión en que visité a Galló por los años ochenta, tras graduarme de una universidad soviética y en medio de las ansiedades, las incertidumbres y las ilusiones del período de adaptación de un recién graduado al ritmo de la vida de trabajo, etapa especialmente difícil en la que la realidad de lo que uno es choca violentamente con la imagen de lo que uno supone o querría ser. Llegué fumando un tabaco que sostenía nerviosamente entre los dedos y lo miraba a raticos ansiosamente como el que tiene entre manos un plan o meta que no acaba de terminar. Galló que había sido tabaquero y había escrito valiosos textos sobre el tema, se burló de lo incoherente de mi imagen mientras masticaba su propia breva. "Para fumar tabaco, me dijo, hay que saber fumar. El tabaco no es un simple hábito, es toda una cultura. Los verdaderos fumadores de habanos disfrutan de la belleza del torcido, de la fragancia de las hojas, de la suavidad y el aroma del humo que se eleva en el aire delineando increíbles formas, de la persistencia de la ceniza con su elegante gris crepuscular y de la uniformidad del fuego al quemar. El tabaco no se absorve ni se fuma de una sentada, el fumador lo acaricia entre los dedos, lo mira, lo fuma, lo saborea, se extasía mirando por un momento las volutas de humo que se deshacen delicadamente en el éter y lo vuelve a colocar en el cenicero hasta una nueva fumada. No es cuestión de ansiedad, sino de disfrute. Para ser un buen fumador, hay que aprender a fumar". Como comprendí más tarde, gracias a esta explicación, la cultura del habano es lo más parecido que hay a la del té en la cultura cubana. A diferencia del cigarro como cultura de masas construida para que el consumidor no piense y se olvide del mundo y de sí mismo en un consumo inconsciente y mecánico, el habano es, en el mejor sentido de esta palabra, una cultura de élite, orientada a un consumo individual y consciente, un apoyo del pensar que se esfuerza por comprenderse a sí mismo y a la realidad, un espacio en el que la singularidad de nuestro ser se manifiesta libremente con toda su complejidad problémica. Fumar un puro demora lo que hilvanar un buen pensamiento, no es como el café que se bebe de un sorbo... El humo es la pantalla efímera en el que los monstruos de nuestros miedos se proyectan sin ataduras, hasta disolverse en su propia impotencia entre feroces muecas. Una fumada es también un momento de meditación - y no solo de pensamiento - en el que la totalidad del mundo puede quedar suspendida entre los paréntesis del humo. Yo he visto monjes zen meditando al fumar... Pero el mundo del habano es también por esa misma razón un mundo de comunicación real que armoniza, sin llegar a disolverlas, las individualidades de los que lo fuman. En esto, un degustador de habanos se parece a una sala de té. La gente se siente motivada a ir allí por el mero hecho consciente de fumar y en un buen grupo de fumadores por un buen rato no se habla de otra cosa que de la belleza, el aroma y la calidad de la breva. Y en la misma medida en que esta se nulifica en el entrecano gris de la ceniza, el mundo en derredor empieza a mostrar sus más brillantes, jóvenes y vivos matices, y en lo que antes parecían ser veredas ciegas, empiezan a revelarse anchurosas salidas... El habano, como el té vivifica lo que no es y nulifica lo que existe. No hay obra más bella, ni más efímera, ni más sencilla que un habano, nacido para morir, criado para ser incinerado..., huérfano de padre incierto, condenado a ser uno más del montón para que otro se destaque y distinga... El habano y el té: en solo dos palabras parece haberse rezumado la esencia afín pero no gemela de dos culturas, una que construye suntuosas fortalezas de hojas que se revierten en cenizas y otra que ve en las secas hojas hojas...
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Gaspar García López estuvo conmigo una semana en Kyoto en la que tuvo la oportunidad de compartir diariamente con mi maestro y mis amigos del grupo de Aikido. El sábado de esa semana por la mañana decidimos ir a colaborar con la limpieza del templo de Gokurinin en Dotokuji, cuyo abad, Mori sensei, le prestaba al maestro Eguchi el gimnasio de su jardín de la infancia para las prácticas de Mushinjuku. Había que levantarse temprano en la mañana porque la limpieza comenzaba exactamente a las siete. Con ayuda de frazadas remojadas en agua uno tenía que limpiar los largos corredores de madera del templo y luego las puertas corredizas que daban acceso al hondo y al altar. Después, la esposa del abad ofrecía sin falta un delicioso desayuno con comida tradicional de templo en el que no faltaba el arroz, la sopa misoshiru, algún tipo de verduras en adobo o tsukemono y la irrenunciable taza de té verde.
Aquel día se observaba una actividad o animación especial en el templo desde las primeras horas de la mañana. Durante la limpieza, se nos había pedido a Gaspar y a mí que limpiáramos una zona en la que yo nunca había entrado y que se hallaba separada del resto del templo por un largo y estrecho pasillo de madera. Alrededor podían observarse primorosos jardines zen. Como en las teorías del caos donde el aleteo de una bandada de mariposas puede desatar todo un temporal, un pequeño aunque inesperado incidente habría de modificar el plan del día y con él de alguna manera nuestros propios destinos dejando en nosotros por el resto de nuestras vidas una imborrable huella. Cuando limpiábamos la zona mencionada nos percatamos de que a unos pocos pasos de nosotros una dama cuya presencia no habíamos advertido se empeñaba infructuosamente en abrir una puerta. La puerta corrediza parecía haberse trabado hinchada por la humedad y la lluvia del día anterior y sus esfuerzos no bastaban para hacerla retroceder. Sin pensarlo dos veces ofrecimos nuestra ayuda y tras varios intentos logramos que cediera. La puerta abierta dejó a la vista el tokonoma de una hermosa chashitsu o sala de té. Con palabras de profundo agradecimiento la persona nos dio a conocer que aquellos eran los preparativos de un ocha-no-kai o reunión para degustar té verde que se celebraba en el templo los sábados una vez al mes, y a la sugerencia de una de los miembros del grupo de Aikido de que visitáramos el encuentro, accedió gustosa y mostró gran satisfacción de tenernos como huéspedes. El Ocha-no-kai comenzaba a las once y a las tres de la tarde habíamos sido invitados a asistir a una representación de No que la maestra Ikeda, esposa del maestro Eguchi, había calificado de amateur. Fue justamente en el estrecho intervalo entre las 11 de la mañana y las 2:30 de la tarde de aquel soleado mediodía sabatino que se produjo el encuentro que motiva estas líneas y que reorganizó de una manera nueva las cadenas de significados de nuestras vidas otorgándoles un nuevo sentido.
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Cuando llegamos a la sala de espera, ya varias personas sentadas en seiza sobre una alfombra roja esperaban su turno en torno a una mesa baja de las que son típicas en las casas japonesas. Los invitados iban pasando en pequeños grupos de unas seis personas a la pequeña chashitsu a la que se accedía por una senda estrecha de piedra a través de un primoroso jardín. Tan pronto entramos, nos detuvimos unos instantes como es costumbre a contemplar la hermosa caligrafía que colgaba casi junto a la puerta en la pared de la derecha. Sin entender bien el significado de los versos, estuvimos sin embargo algunos minutos apreciando lo fluido y vigoroso del trazo, el hábil manejo del espacio, la "armonía entre el pergamino, el pincel y la tinta" que como decía Ittei, un renombrado maestro japonés, "¡tienen tanta tendencia a estar desunidos!". Entre tanto, como supimos después, una de las damas allí presentes había estado observando cuidadosamente nuestro proceder sin perder uno solo de nuestros movimientos. Era una mujer muy elegante y de aspecto venerable tremendamente bien conservada para sus años. Cuando nos sentamos junto a ella en la mesa se abrió por primera vez ante nuestra vista el esplendoroso panorama del jardín. Con el radiante sol del mediodía la belleza del teien inundaba la sala prácticamente exenta de adornos. De haber existido en ella algún objeto innecesario hubiera impedido apreciar la exuberante belleza del entorno. "El haiku es como un dedo señalando a la luna, si el dedo está enjoyado la luna no se ve", explica, definiendo el haiku, un haiku japonés. Así el cuidado diseño de aquel micropaisaje constituía en realidad, él mismo, todo el ornato de la sala. Afuera era adentro y viceversa. La dama esperó a que Gaspar y yo intercambiáramos varios comentarios de admiración tras los primeros segundos de deslumbramiento y luego de un breve saludo nos preguntó de dónde éramos con su voz dulce y melodiosa. Hablaba un japonés muy refinado de estilo honorífico y marcando breves pausas en la conversación se abanicaba a ratos con un pequeño abanico que terminaba por posarse suavemente como una mariposa sobre su elegante kimono. Le había asombrado nuestra respetuosa actitud y sobre todo el hecho de que hubiéramos observado la costumbre de detenernos a contemplar la caligrafía. La conversación fluyó naturalmente durante varios minutos hasta que por fin se nos invitó a pasar al lugar de la ceremonia. ¿No tienen Uds. abanicos?, nos preguntó entonces la dama. Y ante nuestra negativa agregó: El abanico (sensu) sirve no solo para abanicarse, sino para establecer una distancia entre uno, el maestro y el resto de los invitados. Siempre que se haga una reverencia el abanico debe colocarse horizontalmente como una respetuosa frontera entre los que se saludan. Es importante llevarlo consigo a la ceremonia del té. Y abriendo su pequeña cartera sacó de ella para nuestro asombro otros dos pequeños abanicos como si por arte de magia hubiera sabido de antemano que el destino le deparaba aquel encuentro inesperado con nosotros. Para pasar a la sala de té había que calzar previamente unas sandalias japonesas o getas y seguir a través del jardín un estrecho sendero de piedras alineadas y un tanto irregulares. La marcha tenía que ser por fuerza cuidadosa y lenta, de lo contrario con semejante calzado de madera a dos tacones uno podría incluso tropezar y caerse. Yo me había puesto los chanclos con medias y hacia el final del trayecto casi a la entrada de la chashitsu la amable señora tuvo incluso que sostenerme. Avanzar por estas piedras se hace difícil, ¿no es cierto?. Uno tiene que moverse cuidadosamente y ver donde pone cada pié. Las dificultades de la marcha, antes que impedir, más bien favorecen, sin embargo que uno se detenga ante cada flor por pequeña que sea y aprecie su fragancia y su belleza. Entre tanto, mientras avanza, uno va soltando las impurezas del mundo flotante. Así, el sendero hacia la sala de té es un camino de purificación. A la chashitsu se accedía por una portezuela estrecha y baja, más bien parecida a una ventana. Para entrar uno tenía por fuerza que agazaparse y asumir una posición de modesta humildad.
Una vez consumidos los dulces de bonita apariencia, delicada textura y suave dulzor, se servían los humeantes tazones de té verde, espumosos como la leche, con su cálido olor a bebé limpio o a hierba tierna, recién cortada. Al final, se contemplaban las tazas y los objetos de la ceremonia, que nos eran presentados con todo respeto, cada uno con su propio nombre como si se tratara de una personalidad con individualidad propia. Este chashaku se llama "tsuki no hikari", "destello de luna"... este chasen lleva el nombre de 'haru no ame', 'lluvia de primavera', decía en cada caso la maestra de la ceremonia, acariciando con cariño la superficie de la pieza. Los instrumentos pasaban de mano en mano y eran contemplados minuciosamente al nivel de los tatamis para que en una desafortunada caída no fueran a romperse. Al llegar a mis manos el pozuelo o natsume que contenía el matcha verde como la esmeralda me apresuré a colocarlo a ras del piso para poder apreciarlo sin el menor riesgo. En lo que consideraba una manipulación segura, ya lo tenía ladeado sobre el tatami y me disponía a disfrutar de los arabescos del costado, cuando de pronto la dama de los abanicos sentada a mi lado se adelantó en presuroso gesto y lo arrancó de mi mano. ¡Cuidado!, me dijo, estropeará Ud. la forma del polvo. ¡Qué pena!, añadió destapando el pozuelo, en efecto, la superficie se ha desemparejado. Perdón..., yo no sabía... ¡cuánto lo lamento!, le dije apenado. No, no, no se culpe Ud. de nada, reiteró consolándome, en realidad, cuando, de dos personas, una sabe y otra desconoce, la culpable no es la que cometió el error, sino la que sabía y no le corrigió la falta a tiempo. Yo también soy maestra de la ceremonia del té y mi deber en estos casos es enseñar a los que no saben, estando alerta en todo momento.
Serían alrededor de las doce del mediodía cuando terminó la ceremonia. Camino de la salida estuvimos hablando todo lo que duró el trayecto con la señora que ya ahora se nos había revelado como una maestra. En la puerta de Gokurinin nos detuvimos unos instantes para despedirnos, y ya inclinábamos nuestras frentes en respetuosa ojigi o reverencia, cuando de pronto la señora nos preguntó si no querríamos ir a su casa a presenciar otra ceremonia de té con un carácter un tanto más reservado y auténtico. Ya pasaban de las doce y era necesario prepararse para la función de No a las 3:00 de la tarde, pero por alguna razón enigmática nos resultaba imposible rehusar la invitación. Tal era el encanto y el misterio que rodeaban a aquella hermosa mujer que con su lenguaje y atavíos medievales involuntariamente nos hacía recordar el irresistible atractivo de las damas-espectros de Ugetsu monogatari. Para ganar tiempo tomamos un taxi y por el camino la maestra nos explicó que vivía en un templo del Budismo Nichiren, que su esposo, ya fallecido, había sido un sacerdote y que ahora era su hijo, ingeniero, quien oficiaba en lugar de su padre. En estos momentos en mi casa mis alumnos hacen keiko. ¿Keiko?, pregunté sin entender, porque era la primera vez que oía aquella palabra, por lo demás tan importante en las artes japonesas. Su práctica, su renshu, me explicó. Tengo en mi casa un aula de té a la que asisten los sábados varios alumnos, hombres y mujeres. Ya conocen los diversos pasos o saho de la ceremonia, pero su té nunca será un té de verdad si no agasajan a un huésped real, inesperado. Hoy quiero con ayuda de ustedes proporcionarles esa experiencia. Como Uds. habrán podido darse cuenta, este encuentro, al menos conscientemente, no estaba programado, de modo que ellos ni imaginan que recibirán a dos huéspedes, que son además dos extranjeros cubanos. El camino del té nos enseña a ser y estar atentos, siempre dispuestos a servir y a compartir lo poco que tengamos, a estar en todo momento a la caza del huésped inesperado, a ver en cada encuentro una posibilidad de servicio y en cada persona un posible huésped a quien brindar nuestro arte y nuestro afecto. El sado es una vía para ponerse en lugar del otro y practicar el amor consciente. Si el sendero del té se extendiera por el mundo, la humanidad sería mucho mejor.
La casa de la maestra era en efecto un subtemplo del templo Nichiren de Yohoji en Hidarikyoku. A pocos pasos de la entrada se elevaba un hermoso Butsudan y atravesando por una pequeña sala hacia la derecha uno llegaba por fin a la sala de té o chashitsu, ubicada frente a un pequeño jardín. Los alumnos de la maestra, sorprendidos en medio de su práctica no podían ocultar su perplejidad y su asombro. Durante varios meses o incluso años habían practicado el servir y ahora enfrentaban una situación inesperada y real de servicio. Lo más difícil de este, lo que lo convierte en un acontecimiento inverosímil y hasta milagroso, es acaso la espontaneidad absoluta que no se puede programar. Sin ella el acto de servir se convierte en mero formalismo y deja de ser un acto creativo. Ciertas condiciones de la experiencia de servicio no coinciden en modo alguno con su contenido, lo que significa que allí donde por la programación externa de la experiencia uno debería experimentar una verdadera entrega hacia su huésped, muy bien pudiera suceder que de pronto sienta en cambio una total indiferencia. Lo paradójico del asunto radica en que aunque la voluntad está implicada en el acto creativo, no se puede ser creativo a voluntad. Uno siente que es uno, que está consciente y que está creando, y sin este sentimiento de "yo mismo creo", "yo mismo sirvo", sin este trasfondo del "yo existo", no existe la experiencia creativa, pero basta que uno trate de programarla desde la voluntad o desde el "yo", para que la experiencia se frustre y el alma se ausente. Luego en el acto de servir están la voluntad y el sentido del yo, pero del sentido del yo, de su voluntad, no se puede deducir el acto de servir. Sirve el que puede. Servir es una de las manifestaciones del poder y el poder como dice Don Juan (3) tiene la cualidad paradójica de que te manda y te obedece. Te obedece en la misma medida en que te manda, te manda en la misma medida en que te obedece, te pertenece en la misma medida en que no te pertenece. Seami llamaba a esa cualidad inaprehensible y libre de lo creativo la flor... Hana wa kokoro, tane wa waza narubeshi. La flor está en una disposición del espíritu, la semilla debe ser el oficio, decía Seami. (4) Kozo sakari araba, kotoshi wa hana nakarubeki koto wo shirubeshi. No importa que la flor haya florecido el año pasado: hay que saber que pudiera no volver a florecer esta primavera... La práctica, la forma son solo ventanas abiertas. Puede que uno las abra y que el aire no pase, porque el aire es espontáneo y libre como la inspiración, pero para que pase en algún momento, las ventanas han de estar siempre bien abiertas...
 Al final de aquel encuentro, cuando nos despedía en la puerta, la maestra Tsunehiro Soboku, que nos conocía hacía apenas tres horas, de pronto lloró. Usualmente uno llora cuando se separa de un familiar o un viejo amigo, pero no cuando despide a un desconocido. La unión de muchos años de pronto nos parece demasiado efímera y corta y uno arranca a llorar. El llanto de despedida de los padres y los hijos, de los amigos y amantes es como una tormenta de lágrimas dolorosas e incontrolables. Pero en las lágrimas de la maestra Tsunehiro no había ni descontrol ni sufrimiento, aunque tampoco había complacencia o premeditación, había más bien una actitud, un sentido que solo alcanza a expresar la frase "cien años, un encuentro", ichigo ichie.
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Varias semanas después de la partida de Gaspar, una tarde en que regresaba de la universidad y me disponía a tomar el ascensor del edificio Iku Urban House donde vivía, me encontré de pronto en la puerta con la maestra Tsunehiro. Había venido a visitarme y al ver que no estaba en mi apartamento había decidido esperarme junto a los buzones de cartas frente al ascensor. En esta ocasión, el huésped inesperado era ella y a mí me tocaba desempeñar en cambio el embarazoso papel de anfitrión de una maestra de Cha no Yu. Mi apartamento estaba en un absoluto desorden: vajilla sin lavar, ropa sin colgar, libros por doquier... Cuando entramos en la habitación su belleza y su gracia personal, la elegancia de su kimono y la armonía que emanaba en todo momento de su delicado ser, contrastaron penosamente por unos instantes con el caótico estado del entorno. Sin embargo, a los pocos segundos su presencia se había asimilado ya al ambiente y pasados varios minutos resultaba hasta inadvertida. Ella obraba con total naturalidad o lo que es lo mismo, con absoluta libertad, y borraba con su relajado proceder toda dualidad o diferencia. Era una huésped excelente, capaz de hacer de cualquiera un buen anfitrión. Como suele decirse en las artes marciales respecto a la práctica de la técnica, si una campanada suena mal la culpa no es solo de la campana, sino también del badajo. El yin está en el yan, el yan está en el yin, uke está en tori, tori está en uke, el huésped está en el anfitrión y el anfitrión en el huésped... No basta con aprender a ser un buen anfitrión, hay que aprender a ser también un buen huésped: el huésped llegado el momento crea al anfitrión... Por mi parte, lo único que tenía para brindarle a la maestra era un poco de ocha o té verde que ella aceptó con agradecimiento y bebió sentada modestamente sobre sus propios pies en el piso. También en aquella ocasión hablamos de la ceremonia del té y de la importancia del servicio. Me contó como en cierta oportunidad alguien había pretendido agasajar a su maestro Senso Shitsu con un ingenioso artefacto que servía para batir el té verde, sustituyendo los rápidos movimientos de la mano humana, pero el obsequio solo había logrado provocar la indignación del Iemoto o gran maestro de la casa Urasenke que asumió el gesto como un agravio, al percibir en él una absoluta incomprensión del profundo sentido del servicio que caracteriza al camino del sado. Es importante, dijo la maestra, que el corazón encuentre una forma bella en la que expresarse. ¿Qué alma buena es esa que no se manifiesta? Sin forma de expresión el alma se enquista y no sale de su condición embrionaria. La forma es vital para el desarrollo y la expansión del alma. Esta solo se desarrolla a plenitud si la forma es bella. El alma, sin una buena forma es ciega. La forma sin el alma es vacía. - La maestra, sin saberlo, recreaba a partir del camino del té el fundamento de la filosofía kantiana. - La forma vacía, sin el alma, se llama kata. A esa forma hace falta, digamos, inyectarle chi o sangre. La forma viva o animada se llama katachi. Sin este tránsito de kata a katachi no hay progreso espiritual posible.
El resto de nuestra conversación giró en torno a temas más simples. La maestra me aconsejó que nunca tomara café o té negro porque contenían impurezas que podían dañar el cuerpo físico. El té verdaderamente saludable era el verde. Corrigió mi japonés, que ya había tenido tiempo de contaminarse con la jerga estudiantil, señalándome cómo había palabras que yo usaba supuestamente para expresar respeto que podían ser interpretadas en cambio por personas de cierta edad como una imperdonable burla. Por último, la maestra sacó de una bolsa de nylon un gran paquete de carne cortada en lascas muy finas, como las que se usan para hacer shabushabu y lo colocó cuidadosamente sobre la mesa. Cuando venía pensé qué regalarle y decidí que siendo Ud. un estudiante de un país de occidente, lo más práctico era obsequiarle esta carne fresca que además de nutritiva es muy fácil de hacer. Por favor, disfrútela.
El encanto de aquella visita permaneció conmigo por largo tiempo. A pesar, de su vistoso vestuario y sus distinguidas maneras la maestra tenía el arte de no destacarse especialmente, disolverse en el ambiente y prácticamente desaparecer. Se relacionaba tan naturalmente con su interlocutor que uno de hecho olvidaba con quien trataba y era casi como si no estuviera. Por eso, en cambio, cuando ya no estaba realmente uno podía percibir por mucho tiempo como un perfume su delicada presencia en el ambiente.
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La segunda visita que me hizo Gaspar García López en Kyoto, fue en Octubre de 1994, hacia finales de mi estancia en Japón. También en esta ocasión Gaspar había venido a Oriente a incursionar en el mundo de la medicina china y de las artes marciales, solo que en esta oportunidad había ya un motivo más para que se decidiera a hacer tan largo viaje: el reencuentro con la maestra de la ceremonia del té. Para esa época ya se había inaugurado el ultramoderno aeropuerto de Kansai, y Gaspar había llegado a Kyoto en tren, directamente del aeropuerto a la terminal de trenes, a donde acudimos a recibirlo la maestra y yo. Después de un efusivo saludo y del traslado del equipaje, nos fuimos los tres a almorzar a un restorán tradicional japonés. Allí Gaspar encontró la ocasión precisa para entregar, mientras bebíamos el té, su regalo a la maestra. Se trataba de una hermosa jarra de vidrio de las que se usan para libar vino, de brillante color verde grisáceo. Gaspar la había comprado en Málaga y, según nos explicó, había sido confeccionada siguiendo las técnicas de los antiguos alfareros fenicios, una de cuyas colonias había estado justamente en aquella región del sur de España. La maestra agradeció el regalo con un leve gesto, de los que en Japón indican con su levedad un profundo agradecimiento, y tras acordar reunirnos a la mañana siguiente nos despedimos satisfechos los tres, bajo la suave llovizna de un atardecer otoñal.
Serían las 10:00 de la mañana del siguiente día cuando volvimos a reunirnos con la maestra Tsunehiro. Ella venía en kimono con su elegancia de siempre y radiante de alegría. Después de intercambiar saludos y pasados breves minutos de haber echado a andar, su rostro expresó, sin embargo, cierto desencanto por un momento. ¡Qué pena! No han notado ustedes nada, nos dijo con suavidad, aminorando la marcha. Gaspar y yo nos miramos extrañados porque no lográbamos entender qué esperaba que notáramos nosotros. Bueno, ¿qué se le va a hacer?, continuó condescendiente, por un momento hasta olvidé que eran ustedes extranjeros. ¿No se han percatado acaso del color de mi kimono? Ambos reparamos entonces en los detalles de su vestuario. Llevaba aquella mañana un primoroso kimono de color brillante, verde grisáceo. Kirei desu ne. ¡Qué bonito!, exclamé sin demora para salir del apuro. La maestra no pudo reprimir entonces una sonrisa llena de comprensiva piedad. Pensé que ustedes iban a entender el sentido de mi gesto. ¿No les dice nada el color de mi kimono? Gaspar y yo seguíamos sin entender. Es exactamente del mismo color que tenía la jarra que el Sr. Gaspar tuvo la amabilidad de obsequiarme ayer. Vistiendo este kimono he querido expresarle que su regalo no es para mí un mero objeto para poner en un sitio, sino que lo he hecho mío y es como parte de mí, envuelve mi propio cuerpo y va conmigo a donde quiera. Es una manera, más sutil que cualquier palabra elogiosa, de expresar mi profundo agradecimiento... El camino del té nos enseña a hacer de todo y a saber leer en todo un símbolo. Para el que sigue el camino del té, el mundo está lleno de mensajes y metáforas...
Un día, al anochecer, la maestra Tsunehiro nos invitó a la Yoshidatachibana Daigaku, una universidad de Kyoto en la que enseñaba la ceremonia del té. Como era discípula directa de Senso Shitsu, un sacerdote Zen, gran maestro de la escuela Urasenke, tenía una gran reputación y a su vez gran cantidad de alumnos. Había un día del mes en que tenía que ir a enseñar a una universidad en Kyushu y los viernes era tal la cantidad de horas que dedicaba a la enseñanza, que tenía que permanecer en seiza todo el día casi sin levantarse, desde temprano en la mañana. Al llegar la noche se sentía muy cansada y solo podía aliviar la fatiga y el dolor en las rodillas cuando entraba en el ofuro hogareño con sus calientes aguas de 45 o 47 grados, que preparaban su extenuado cuerpo para el sueño. De todas maneras, la maestra estaba acostumbrada a estas faenas: el ambiente en torno al Iemoto Senso Shitsu parecía bastante severo, y durante las largas ceremonias de Urasenke debía permanecer sentada impecablemente frente a él sin mirarle nunca directamente a la cara, ligeramente inclinada hacia delante y con las manos tocando levemente el tatami, apenas con dos dedos, a cada lado de su cuerpo, como lo hacían en el Japón medieval los samurais en presencia de su Shogun o su Daimyo. Pero era, sin dudas, sobre todo, su capacidad de comprensión y su profundo amor hacia aquel mundo de belleza suprema, tan exquisita y perfecta que terminaba por forzar la forma humana (5), lo que le permitía resistir estoicamente los rigores y las duras pruebas...
En la Yoshidatachibana Daigaku, la maestra Tsunehiro enseñaba a un gran auditorio de jóvenes mujeres. Como en la primera ocasión, también aquella tarde llegamos de improviso y las muchachas se apresuraron a agasajarnos con té. La maestra corregía en cada detalle los movimientos de sus alumnas, pero al mismo tiempo las elogiaba con dulzura. Miren qué bonito temae tiene esta. Observen lo bien que ha batido el matchá aquella: sobre la superficie del té no hay burbujas grandes, solo una capa verde, uniforme y compacta de espuma. El matchá no se puede batir mucho, únicamente los movimientos rápidos de una mano ágil y bien centrada con el hara, pueden lograr esa textura. La energía que mueve el chasen es la misma que anima la katana en manos del maestro de iaido o, en el shodo, el pincel del maestro de caligrafía... Después de lograr la espuma, la mano debe retirarse del chawan suavemente, trazando una letra no sobre la cremosa superficie verde...
El tema de la energía dio pié a un animado diálogo en el que la maestra y Gaspar exploraron las analogías entre las artes marciales y la ceremonia del té. Como habrán podido ustedes apreciar, continuó la maestra, en el Cha no yu tan importante es la preparación de la ceremonia como su propia ejecución. Uno escoge cuidadosamente todo lo necesario para la ocasión desde los utensilios, las tazas y los dulces, hasta el kakemono y el ikebana que colocará en el tokonoma. Para que el acto de preparar el té sea creativo, lo primero es estructurar el espacio de creación, independientemente de que florezca en él o no la flor. Lo mismo sucede en la caligrafía cuando el maestro de shodo prepara sus pinceles, papeles y tintas, y en el kado o ikebana cuando el sensei escoge las vasijas, los implementos, las flores y las ramas. Buena parte de la ceremonia del té consiste, al inicio, en limpiar con un paño cada uno de los instrumentos, incluyendo el natsume o depósito de té. Pero en realidad los instrumentos ya están limpios, lo que uno limpia o purifica al hacerlo es su propia alma, su propio corazón. Cuando uno limpia y estructura el espacio, uno purifica y ordena su espíritu. También en el zazén, uno empieza primero por arreglar la postura del cuerpo y, de inmediato la respiración, para pasar después a ordenar su mente o su corazón. Pero el acto mismo de llegar y sentarse, la propia disposición para la meditación es tan importante como la meditación misma.
En las artes marciales sucede otro tanto, agregó entonces interesado Gaspar, la preparación es tan importante como la propia práctica. El hecho mismo de lavar la ropa del entrenamiento y plancharla, de limpiar el lugar en el que uno va a practicar, de escoger las armas o las técnicas que se van a estudiar, condiciona el carácter creativo de la práctica. Un buen artista marcial nunca menosprecia esa etapa del camino. Es como el inicio del inicio... He aquí por que en verdad no es tautológica la frase de empezar por el principio.
El espíritu del Cha no yu, retomó el tema la maestra, se expresa en cuatro caracteres: wa, kei, sei, jaku. La armonía o wa, la reverencia o kei, la pureza o sei y la tranquilidad o jaku deben estar presentes en toda ceremonia del té. He aquí por qué el sado siempre ha sido el complemento ideal del camino del budo. Senso Shitsu, el Iemotosama, es, por cierto, un inveterado practicante de Kendo...
Tiene Ud. toda la razón, asintió satisfecho Gaspar, incluso esos cuatro principios lo son también de las artes marciales. Además los maestros chinos dicen que de la quietud nace el movimiento y viceversa. Las verdaderas confrontaciones de los grandes maestros de Kung Fu no son a través de peleas o burdos enfrentamientos, sino de la maravillosa sensibilidad que nace de ejercicios como el Tui Shou, en donde quien gana es el que mejor armoniza sus movimientos con los del contrario. Ser atento para con el otro en el sentido ético de la palabra, funciona también como un estar atento a cada movimiento del adversario. El amor que nos armoniza y enaltece, del mismo modo nos protege...
Vean Uds., por ejemplo, este movimiento, sugirió entusiasmada la maestra tomando elegantemente de la cazuela el hishaku. Cuando uno saca de la olla el oyu o agua caliente, tiene que cuidar que no se derrame ni una sola gota del cucharón o hishaku. Sin embargo, al hacerlo, solo el 30 por ciento de nuestra atención está en la mano que se encuentra trabajando. El otro 70 por ciento lo absorve la mano que descansa relajada sobre nuestro muslo, a la que le corresponde hacer la acción inminente. En la vida común, sin embargo, la gente se identifica con lo que está haciendo y actúa justamente al revés. A esto muchos lo llaman vivir el instante o estar despiertos, pero en el fondo se trata de la actitud contraria que conduce con el tiempo a su opuesto. Vivir el instante significa focalizar con precisión nuestro vivir entre lo posible y lo real, lo lejano y lo cercano, lo grande y lo pequeño, graduar la lente de nuestra mente de modo que no se disuelva en la nulidad rehuyendo los deberes de la vida, pero tampoco se identifique con la vanidad del vivir. Quizás 70 con 30 sea la graduación exacta para los seres humanos inmersos en este mundo de fragilidad e impermanencia donde nada perdura ni permanece estático...
Lo cierto, confirmó Gaspar, es que también en las artes marciales hay que graduar adecuadamente la atención. Un porcentaje está, ciertamente, en la mano que ataca, pero otro debe estar en la otra equilibrando el golpe y manteniéndola en guardia preparada para asestar el golpe siguiente...
Yo escuché callado todo el tiempo para no perderme ningún detalle de aquella oportunidad única que, como regalo del destino, había reunido conmigo bajo un mismo techo a un maestro de las artes marciales y a una maestra de la ceremonia del té. Nuevamente la magia del Cha no yu había permitido que se desarrollara en vivo ante mis ojos un episodio único que desde el inicio trajo a mi mente la formidable historia del maestro de té y el rufián, narrada por Suzuki Daisetsu (6). Hacia finales del siglo XVII, un señor feudal llamado Yama-no-Uchi, de la provincia de Tosa, quiso en una ocasión llevar consigo a Edo a un excelente maestro de té a su servicio. Este, previendo que por lo peligroso del camino podría verse de pronto involucrado en un percance embarazoso para él y para su señor, había declinado humildemente la invitación. Pero su señor, deseoso quizás de mostrar a sus amigos la calidad del maestro a su servicio, le ordenó ataviarse como un samurai y sin más excusas acompañarlo a Edo. Allí, el maestro de té permaneció encerrado durante algún tiempo sin poder salir de la casa de su señor, hasta que un buen día recibió por fin de este el permiso para dar un paseo. Fue justamente cuando caminaba por los alrededores del lago Shinobazu en la región de Ueno, que un samurai errante o ronin al verle ataviado como todo un samurai le retó a que midieran armas. El maestro de té le explicó que aunque estaba así vestido él no era propiamente un guerrero regular, pero el ronin que lo que en realidad deseaba era matarlo para robarle, no accedió a retirar su reto. Dándose por muerto ante un samurai de gran experiencia y temeroso de padecer una muerte ignominiosa que afectara el honor de la casa Yama-noUchi, el maestro recordó de pronto que en su paseo por Ueno había pasado frente a una escuela de esgrima, y para ganar tiempo le solicitó al ronin aplazar el duelo hasta que él pudiera rendir cuentas a su señor. No es difícil de comprender el por qué de la actuación del maestro en aquella situación: lo peor para un hombre de honor del antiguo Japón era tener una inujini o muerte de perro, así se insinúa, por ejemplo, en el célebre Breviario del Samurai conocido como escondido tras las hojas o Hagakure. Incluso en occidente un hombre como Gurdjieff expresó algo parecido a sus discípulos en una ocasión: "Todos debemos tener un objetivo. Si no lo tenemos no somos hombres. Les propondré un objetivo muy simple: morir una muerte honorable. Todos pueden adoptar ese objetivo sin mucha filosofía: no perecer como un perro". Luego de recibir la aprobación del ronin, el maestro se dirigió sin demora a la escuela de esgrima de Ueno, a cuyo sensei le contó la historia y le pidió que le enseñara a morir como correspondía a un verdadero samurai. Este quedó profundamente impresionado con el relato y con la insólita petición del maestro, porque los discípulos que usualmente iban a él lo hacían para que les enseñara no a morir, sino a manejar la espada, y el Bushido era, sin embargo, como se lee en el propio Hagakure, shinukoto to mizuketari, es decir un camino de encontrar la muerte. Ud. es realmente un ejemplo único, dijo el maestro de esgrima,...Pero antes de que le enseñe el arte de morir, tenga la amabilidad de servirme una taza de té, ya que dice Ud. ser un hombre de ese mundo. El maestro de Cha-no-yu, contento de poder practicar su amado arte por una última vez, quedó pronto tan absorto en los preparativos y realización de la ceremonia que hasta se olvidó de sí mismo y de su propia muerte. Ahí está, exclamó satisfecho el maestro de esgrima, ya no es necesario que aprenda Ud. el arte de morir. El estado mental en que Ud. se encuentra ahora es suficiente para que se enfrente a cualquier samurai. Cuando vuelva a ver al ronin piense ante todo que es un huésped al que va a servirle una taza de té. Salúdelo cortésmente, disculpándose por la demora y dígale que ahora está ya Ud. preparado para la prueba. Quítese el haori, dóblelo cuidadosamente, y luego ponga su abanico sobre él como cuando hace su trabajo habitualmente. Amárrese en la cabeza el tenugui, súbase las mangas y recójase los bajos de la hakama. Ahora está ya Ud. preparado para su labor, es decir para empezar inmediatamente. Desenvaine su katana, levántela sobre la cabeza listo para golpear a su oponente y, cerrando los ojos, concéntrese para el combate. Cuando sienta que su adversario da un alarido, golpéelo con el sable. Lo más probable es que los dos se maten mutuamente. Cuando después de esta conversación el maestro se encontró por fin con el ronin, este sintió de inmediato que tenía a una persona totalmente distinta frente a sí. La absoluta ausencia de miedo que percibió en el sereno proceder del maestro lo desconcertó de tal manera que, sin saber qué hacer, acabó por echarse a llorar, confesar su bajeza y pedirle perdón...
Pocos días antes del regreso de Gaspar, la maestra Tsunehiro y su nuera nos invitaron a un ceremonia de té con un carácter muy especial. A diferencia de las más difundidas de usucha o té suave, que eran por regla general de corta duración y admitían un grupo relativamente grande de huéspedes, en esta ocasión se trataba de una ceremonia del llamado koicha o té fuerte, que ocupaba alrededor de cuatro horas y tenía un carácter más privado, puesto que a ella asistiríamos apenas cuatro personas. Esta sería una oportunidad única de participar en una ceremonia de té absolutamente auténtica, es decir, con todas sus etapas, no abreviada o vulgarizada. Era conocida como Shogo-no-chaji, lo que podría acaso traducirse como el té del mediodía y pertenecía al número de las ceremonias esotéricas trasmitidas desde tiempos inmemoriales en forma oral y directa de los maestros a sus discípulos, obligados a que aprenderla sin que mediara la palabra, es decir, por pura imitación. Kyogebetsudenfuryumonji, se dice en estos casos en el Budismo Zen, para referirse a una forma especial de transmisión (betsuden) fuera del alcance de la enseñanza (kyoge), que en virtud de su profundidad y riqueza no puede utilizar palabras o letras como vehículo de expresión (furyumonji). De hecho, la plenitud u organicidad suprema no puede enseñarse o aprenderse, sino solo transmitirse o imitarse. El Oriente confiere por eso una gran importancia a la imitación, y la palabra japonesa manabu, cuyo jeroglífico gaku entra incluso en la composición de términos como filosofía o ciencia, es de la misma raíz que mane o imitación...
Cuando llegamos a la casa de la maestra, ya la nuera nos esperaba sonriente en el zaguán. Se nos había hecho un poco tarde, así que Gaspar y yo entramos precipitadamente. No se apuren, por favor, dijo la nuera, deténganse un momento en el genkan y capten el mensaje que ha querido transmitirles la maestra. Perplejos ante la realidad de una ceremonia de té que expresaba sus símbolos desde el mismísimo umbral de la puerta, nos detuvimos por unos instantes a contemplar la entrada. Ya ven, a diferencia de otras veces en que todos los zapatos han estado ordenados en el vestíbulo a la espera de la salida de los dueños o los huéspedes, hoy no hay más zapatos que los de ustedes. Desde la propia entrada la maestra les da a entender que los considera invitados muy especiales y que hoy no espera a más nadie que a ustedes. La casa, bajo el influjo de la magia del té había dejado de ser una simple vivienda con propietarios e historia particulares y se había convertido en una especie de espacio metafísico donde prácticamente cada cosa funcionaba como un símbolo. No había en aquel momento más personas en la casa, nadie como habitantes o dueños, aquel era nuestro íntimo espacio de encuentro.
Después de sentarnos por unos minutos y de beber unas tazas de suave ocha o té verde, la nuera nos condujo, montados en nuestras getas, por la estrecha vereda de un pequeño jardín tradicional en el que nuestro espíritu se fue purificando con la serena contemplación de árboles, arbustos y flores. Junto a la portezuela baja de la minúscula chashitsu aguardaba ya solícita la maestra. Dozo, oagari kudasai, dijo sentada en seiza y con una profunda reverencia. La primera acción o saho consistía en contemplar los carbones que alimentarían el fuego de la ceremonia. Varios trozos negros, cuidadosamente cortados, de carbón vegetal, pasaron por nuestras manos en una pequeña bandeja. La madera seca, al carbonizarse, había adquirido un color negro intenso, reluciente como el del coral o el azabache, y los extremos de los trozos cilíndricos se habían llenado de estrías que formaban arabescos de caprichosa geometría. Luego contemplamos los carbones encendidos dentro del furo o bracero, donde hasta la blanca ceniza había sido previamente arreglada y escultóricamente compactada en una configuración geométrica perfecta de apariencia sólida como la del mármol o el concreto. Sobre el vivo rojo de los carbones encendidos resaltaba una lluvia de minúsculos puntos blancos que recordaba el caramelo espolvoreado de los dulces o el confetti de los días de carnaval. Sobre un mar de fuego unos copos de nieve, se apresuró a explicar la maestra, añadiendo que el símbolo aludía a la necesidad de entibiar el ardor de la pasión que, abandonada a su arbitrio, podía trocar el amor en odio y la amistad en enemistad. No podía haber un buen deai o encuentro sin un sutil sentido de la justa medida. El espíritu del ichigo ichie estaba en el punto medio de la escala entre la ciega identificación y la fría indiferencia. Perder el sentido del tono exacto era equivalente a desencontrarse. El Cha-no-yu era entonces como un ingenioso artefacto que permitía sintonizarse con el amor consciente. La nuera tomó de pronto unos trozos de carbón negro y los acercó prudentemente a los que ya ardían en el bracero. Comparen ustedes este color negro intenso con ese color rojo vivo y calculen cuánto tiempo habrá transcurrido para que este negro se trocara en ese rojo... Ello les dará la medida de cuánto ha tenido que trabajar la maestra para este encuentro y de cuán profundamente les estima. Entretanto, Tsunehiro sensei había estado colocando en cada plato unos dulces, especialmente escogidos para la estación, con la coloración y la forma del momiji y un moderado dulzor que acariciaba el paladar. Luego, en lo que comíamos, estuvo batiendo afanosamente el té verde hasta que el polvo, disuelto en el agua caliente, formó una capa compacta y uniforme de awa o espuma. La maestra desaparecía en su servicio como los ayudantes de escenario del kabuki o los manejadores de marionetas del bunraku. Ella no estaba: en la belleza depurada de las acciones y la plena satisfacción de los huéspedes se manifestaba lo que esencialmente ella era... Una sola taza de espesa mezcla pasó varias veces de mano en mano hasta agotar totalmente su contenido. El koicha era realmente un té fuerte hecho con una mayor cantidad de polvo y una textura gruesa como un engrudo de coloración verde oscura. Luego, llegó el momento de la contemplación o haiken de las tazas, los utensilios y el tokonoma. Observen ustedes, dijo la nuera, este natsume. Está decorado en laca con el dibujo de una bandada de ocas silvestres. La oca o kari es un ave que emigra de Siberia al Japón con los primeros fríos del norte, para después volver allí con la primavera. Mediante este natsume la maestra quiere expresar su deseo de que ustedes sean como estas ocas, es decir, de que como mismo se vayan regresen para poder volver a verlos. Un hermoso kakemono adornaba el tokonoma. Saigetsu wa hito wo matazu, se podía leer en el libre trazado de la caligrafía o bokuseki. La edad no espera por el hombre, expresaba lacónicamente el mensaje que en la abundante iconografía japonesa podía encontrarse también en otras versiones: Toki, hito wo matazu, el tiempo no espera por el hombre; Koin ikka sairai sezu, el tiempo (como sucesión de soles y lunas, días y noches) una vez que pasa no vuelve; Koin wo oshimubeki, toki, hito wo matazu, hay que ahorrar los días y las noches, cuyo paso no espera por el hombre; shojijitaimujojinsoku, la vida - nacimiento y muerte - es asunto serio, veloz es la impermanencia. Cada una con el mismo tema pero en cada caso con un matiz muy propio. La que había escogido la maestra reflejaba la dimensión etaria de la temporalidad. Sentía que, en su espíritu, era tan joven como nosotros y se asombraba de esta irónica trampa del tiempo que en esta ocasión la había vuelto a poner en nuestro camino con un cuerpo de mayor edad. Nos hemos reencontrado después de mucho tiempo. Deben haber pasado siglos, quizás milenios, puesto que nos hemos vuelto a reunir tan tarde, ustedes ya adultos y yo casi en la ancianidad. Pero al fin hemos logrado volver a vernos y la niebla ya se ha disipado de nuestro camino.
Serían las cuatro de la tarde cuando abandonamos la pequeña chashitsu y nos trasladamos para comer y beber sake a otra espaciosa sala de té. Allí, colgada en el tokonoma, podía leerse otra frase: Kumo sari, Aoyama wa arawareru, las nubes pasaron y apareció Aoyama, la Montaña Azul. De nuevo, había tantos sentidos asociados a esta simple frase. Aoi, azul, se le llama en Japón a la fruta verde y seinen, años azules, se le dice a la etapa de la juventud. Más allá de las vicisitudes de nuestra personalidad, nuestro yo real se revela eternamente joven una vez despejada la niebla del tiempo y las transformaciones...
Cuando después de aquella excelente jornada acudimos de nuevo a la estación de Kyoto a despedir a Gaspar, la maestra había dejado sus elegantes kimonos y vestía como una joven y alegre colegiala una ropa sencilla de estilo occidental...
La última vez que vi a la maestra Tsunehiro Soboku fue cuando, invitado por mi maestro de Aikido, hice mi tercer viaje a Japón. Yo le llevaba de regalo un cofrecito para guardar prendas, hecho con maderas preciosas cubanas, que había comprado días antes en la feria de E y Malecón. ¿Son maderas de Cuba?, preguntó contenta la maestra mientras abría la tapa de la cajita, y añadió, muchas gracias, lo voy a usar en la ceremonia, nunca esperé recibir como regalo un natsume de Cuba...
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En el Cha-no-yu, esta frase designa un encuentro que ocurre una sola vez en toda la vida. Por eso, esta vía nos enseña a agasajar a nuestros huéspedes de modo que no quede lugar a las lamentaciones o al arrepentimiento.
Koetsu Honami (1558-1637): Artista japonés ampliamente admirado por su caligrafía, alfarería y sus diseños en lacas. En 1615 se retiró a Takagamine, en el noroeste de Kyoto, donde organizó una pequeña comunidad de artesanos. Koetsu demostró un gran interés por la ceremonia del té desde muy temprano y fue reconocido como uno de los discípulos más destacados del maestro Furuta Oribe.
Castaneda, Carlos El viaje a Ixtlán.
Seami Fushikaden.
En un pasaje de sus "Fragmente historischer Studien" Hegel ha escrito que los orientales "al no tener suficiente conciencia de sí mismos y al no encontrar la tranquilizadora unidad en la representación de su propia naturaleza, deben recargarse a sí mismos desmedidamente a sí mismos con un adorno ajeno. Este no puede ser un vestido que deba su forma y belleza al cuerpo humano y al juego libre que le es propio... sino algo que no tiene ninguna relación con la vida y la imagen formada por esta... (Hegel, G.W.F. Raboty raznyj liet, t. 1, M. 1972, p. 217). Solo que la visión de Hegel es, por externa, teórica y no práctica, y aun su propia teoría tiene la limitación de que se constriñe a una visión lamentablemente antromórfica de lo que él llama el "si mismo" o "Imagen formada por la vida". Para la exploración del sí mismo no basta con un sistema amplio y bien engranado de conceptos, y en este sentido la filosofía kantiana es mucho más práctica, actual y profunda que la hegeliana....
Daisetzu Suzuki Zen and japanese culture
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